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No quiero volver la vista atrás, sé que me encontraría con los ojos de Madre y dudo ser capaz de seguir adelante. A mi lado Padre no habla, nunca lo hace, solo tira de mi brazo con esa fuerza con que siempre dirige mis pasos. No hay tiempo que perder. Hemos de recorrer un largo camino a pié hasta la ciudad, allí tomaremos un autobús que nos conducirá hasta la costa.

Con las primeras luces del alba retornan a mi mente los recuerdos de una noche parecida a la que ahora muere, la última noche que Alí estuvo a mi lado.

Alí, mi hermano mayor, mi compañero de juegos, mi protector, al día siguiente partía para el viaje que ahora inicio yo. Antes de la cena Madre le mandó al pozo a por agua, yo le acompañé. Mientras caminábamos yo le miraba de soslayo. La media luna crecida se reflejaba en sus grandes ojos negros, dotándoles de un brillo especial.

–No quiero que te marches –le dije.

Él me miró, sonrió y prolongó su silencio durante un instante que me pareció eterno. Alí sabía que cualquier cosa que él dijera yo la haría mía. El me lo había enseñado todo: A crecer, a ser valiente, a defenderme, a respetar a los mayores.

–Hermano –dijo–. He de ir. Nuestro futuro está en otra parte.

–Entonces llévame contigo –dije yo cogiendo su brazo.

Alí se zafó de mí y continuó andando.

–Aún es pronto. Has de tener paciencia.

–¡Pero tú lo has dicho! –insistí–. Es nuestro futuro.

Sin detenerse, Alí sonrió y acarició mi cabello.

–Claro que es nuestro futuro. Tú vendrás cuando sea el momento. Ahora has de cuidar de papá y mamá. Es aquí dónde ellos te necesitan.

–Entonces dime, ese lugar donde vas, ¿cómo es?

Alí se detuvo junto al pozo, colocó el cántaro sobre el borde y se apoyó en él.

–Es un paraíso –murmuró dibujando en su rostro el sueño guardado durante tanto tiempo.

–¿Cómo un oasis? –le pregunté con la ingenuidad del niño que aún era.

–Sí –contestó–. Como un oasis sin límites dónde nunca se raciona el agua, dónde la comida sobra, dónde hasta los perros tienen casa.

–¿Los perros tienen casa?

No me cabía en la cabeza. Por un momento imaginé a esos perros callejeros que merodeaban por los callejones del pueblo buscando comida y a los que a veces ahuyentábamos a pedradas y pensé que, si ellos vivían en casas, las personas vivirían aún mejor.

Con un movimiento de cabeza, Alí salió del sueño, llenó el cántaro e inició el camino de regreso. Yo le seguí a unos pasos de distancia, respetando su silencio.

Tampoco hablamos mucho durante la cena. Padre, nada más terminar, se acostó y madre apenas levantó la mirada del suelo.

En el momento de acostarnos y sin que nadie nos viera, nos abrazamos largamente y no lloré.

Antes del amanecer les oí marchar. Luego, cuando la luz eclipsó mi último sueño, descubrí que había un papel sobre mi almohada. Alí había escrito, con su letra imperfecta: “Prepararé tu sitio en el Paraíso de los Sueños”.

La aridez perfila el paisaje que veo tras los cristales sucios del autobús que nos traslada en esta última etapa por tierra. Cuando lleguemos será de noche. Agradezco el ir sentado. Me duelen los pies, primero del camino polvoriento que, a medida que avanzaba el día, con el calor, se iba haciendo mas pesado y luego el bullicio de la ciudad, los empujones al cruzar el mercado, las miradas llenas de desconfianza hacia nosotros, dos desconocidos en medio de una multitud de gritos y desprecios, de insultos y carcajadas. Padre, como siempre en silencio, tira de mí sin levantar la vista más de lo suficiente para ver el camino, para esquivar un obstáculo. Él conoce la ciudad de otras veces. Tal vez sólo fue una, cuando trajo a Alí. Ahora, en él asiento de al lado, se deshace del cansancio entregándose a un sueño repleto de sobresaltos. ¿Qué pasará por su mente? Nunca sé lo que hay en la mente de mi padre. Sólo exterioriza el mal humor y nunca la alegría. Algún día Alí y yo le llevaremos también al paraíso y le enseñaremos a ser feliz. Él y Madre, por fin, hallarán la felicidad.

El brazo de Padre otra vez tira de mí, ahora calle abajo, al final de otra ciudad también desconocida. Un olor pestilente, mezcla de humedad y desperdicios de pescado, impregna cada poro de mi piel. Noto que mis piernas tiemblan sobre la calle sucia y que un escalofrío recorre mi cuerpo. Prefiero pensar que es porque, por primera vez, voy a ver el mar.

Llegamos a la playa. La reconozco al notar que mis viejas zapatillas se llenan de arena. Intento parar para descalzarme, pero Padre me lo impide tirando más fuerte de mí.

Oigo un grito: Desde la orilla alguien nos mete prisa. Al acercarnos veo que es un hombre gordo y que huele mal.

–¡Dame el dinero! ¡Rápido! –le dice a mi padre.

Sin darle tiempo a sacarlo del todo se lo quita de las manos, lo cuenta y tras decirle que se aparte, a mí me empuja dentro de una barca desvencijada que no me inspira ninguna confianza. Tropiezo y caigo en medio. Al intentar ponerme en pie descubro los rostros de los otros, rostros que me miran con un gesto que no quiero entender. Es un intento inútil de desterrar de mi mente la palabra miedo.

Partimos de inmediato.

Padre grita mi nombre. Aunque no puedo verle, sé que se ha metido al agua y que intenta correr tras la barca y que llora, como tal vez lloró también la vez anterior.

Las olas nos golpean por todos los lados, a veces se elevan sobre nuestras cabezas y nos obligan a aferrarnos a cualquier parte. Si pudiera soltarme, taponaría mis oídos para no escuchar los gritos de los niños, el llanto de las mujeres, pero ni siquiera he sido capaz de sujetar la pequeña bolsa con mis pertenencias que hace tiempo que calló al mar.

De repente un grito horrible silencia nuestros gritos y hace enmudecer a la noche cuando alguien cae al agua. El hombre gordo sufre un ataque de histeria que nos contagia a todos.

“¡Al agua –tartamudea mientras nos apunta con un arma–. ¡Al agua! ¡El viaje acaba aquí!

Todos protestamos.

El hombre que viaja a mi izquierda se levanta y grita algo, tal vez una amenaza o un ruego, no lo sé. Todo ocurre tan deprisa que, apenas oigo el trueno rugir de la pistola, el hombre ya no está. Los demás se precipitan, se amontonan, se empujan unos a otros. En medio de ese ataque colectivo de histeria la barca se ladea peligrosamente y se inunda. Noto que, como el agua, la poca fuerza que me queda se derrama por mis manos que se sueltan y caigo.

Lo último que veo, antes de hundirme en el abismo, es la luz de la costa, pero no sé si está fuera o dentro del agua. La veo tan cerca que pienso que, si extendiera el brazo, podría alcanzarla. Cierro los ojos y pienso en el paraíso cuando el mar me engulle. Ya no siento frío, al contrario, es una sensación agradable que me llena de paz.

En ese momento noto en mi mano el contacto de otra mano. Abro los ojos: Es Alí que me pide que vaya con él.

Ahora lo entiendo todo, en este instante: Para llegar al Paraíso, primero hay que morir.

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